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Hablar del Padre Miguel Pou, no es fácil, porque es “mezclar”
tristeza por su partida y alegría precisamente porque
era eso lo que él transmitía.
Fuimos amigos incondicionales, en las buenas y en las malas. Nos
unía la gran pasión por la música y así fue que formamos los coros.
¡Cómo olvidar esa primera presentación de la Misa Criolla en un
oficio religioso el 24 de diciembre de 1965 en la cual yo no pude
participar por el inminente nacimiento de Gisela!
Luego, cuando te afanabas por los logros de Carla reemplazándote,
tocando el órgano (cuando ni siquiera se veía detrás de él) durante
tus ausencias por visitar a tu familia en España.
Y
yo me pregunto ¿Alguien recordará cuando te regocijabas contando que
habías cocinado y comido un gato, en vez de un conejo, al horno?
Indudablemente fuiste todo un personaje que vivió y convivió con todos
nosotros, compartiendo nuestras tristezas y también nuestras alegrías.
¡Qué bueno
poder recordarte así! Y al mismo tiempo darle gracias a Dios el haberlo
hecho posible.
Porque nos
dejaste el ejemplo de que se puede ser niño a pesar de los años, de tu
simpleza, del maravillarse por todo, de decir que todo es lindo o hermoso
cuando el sol de la mañana se asoma por la ventana y nos recuerda que
estamos vivos.
Por todo esto y quizás muchas
cosas más, gracias Miguelito por haber estado con nosotros!
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